Leemos en la web de Emakunde (no hay enlace directo) que "se ha publicado la Orden de 4 de octubre de 2006, de la Consejera de Hacienda y Administración Pública, que regula las medidas de prevención y el procedimiento de actuación en casos de acoso moral y sexual en el trabajo".
Se prevé un procedimiento de mediación en los casos en que haya denuncia, pero ni una palabra sobre prevención o mediación en los casos en que no haya denuncia. ¿Por qué, entonces, se llama "orden que regula medidas de prevención", si no regula absolutamente ninguna?
Recordamos el artículo 43 de la Ley 4/2005 para la igualdad de mujeres y hombres.
1. Sin perjuicio de su tipificación como delito, a efectos de esta Ley, se considera acoso sexista en el trabajo cualquier comportamiento verbal, no verbal o físico no deseado dirigido contra una persona por razón de su sexo y con el propósito o el efecto de atentar contra la dignidad de una persona o de crear un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo. Cuando dicho comportamiento sea de índole sexual se considera acoso sexual.
2. El acoso sexista tendrá la consideración de falta disciplinaria muy grave para el personal funcionario de las administraciones públicas vascas, de conformidad con lo previsto por el artículo 2.1. de la presente Ley, en relación con el artículo 83.b de la Ley 6/1989, de 6 de julio, de la Función Pública Vasca.
3. Las administraciones públicas vascas actuarán de oficio ante denuncias de acoso sexista. Así mismo, han de poner en marcha políticas dirigidas a su personal para prevenir y erradicar el acoso sexista en el trabajo. Dichas políticas, entre otras medidas, deben prever la elaboración y aplicación de protocolos de actuación.
4. Las administraciones públicas vascas, en el ámbito de sus competencias, han de garantizar a las víctimas de acoso sexista el derecho a una asistencia jurídica y psicológica urgente, gratuita, especializada, descentralizada y accesible.
Recordamos ahora el texto "La machificación de los espacios de trabajo", texto escrito por una compañera que en su día tuvimos que retirar debido a las presiones a que se vio sometida. Esperamos que sirva para agitar conciencias y crear entornos de trabajo respetuosos donde las mujeres nos sintamos libres y en igualdad de condiciones.
La machificación de los espacios de trabajo
Alguna vez entre clase y clase os lo he comentado, y sigo pensando lo mismo: me parece un escándalo la forma de trabajar que tenemos.
Os cuento mi caso: trabajo en un espacio de unos 120 metros cuadrados, con otras 10 personas, de las cuales 6 somos mujeres y 5 hombres. De los 5 hombres, 4 tienen categorías profesionales superiores a las nuestras.
Del mismo modo en que se ha demostrado que los niños ocupan más espacio que las niñas en los patios de recreo de las escuelas, los hombres monopolizan el espacio “psicológico” en el trabajo.
Un día sí y otro también, me veo obligada a soportar todo tipo de agresiones verbales hacia nosotras. Chistes, comentarios “jocosos” y actitudes que rayan el acoso sexual. Por ejemplo, mi jefe nos somete a un exhaustivo examen físico cuando entramos por la puerta. Hace comentarios sobre nuestra ropa, si estamos delgadas, gordas, si estamos guapas ese día. Y no me refiero a un cortés “qué guapa estás hoy”… Nos piden que nos levantemos y desfilemos ante ellos, como si fuéramos azafatas de televisión.
Hace ya unos meses que me revelé ante esta “dictadura sexual” y me cambié de mesa acusando a mi jefe y sus secuaces de ser unos machistas y unos homófonos (en sus comentarios nunca faltan los “qué maricón” para referirse a la masculinidad de otros). Desde entonces dejaron de tratarme como a un objeto sexualizado para ignorarme completamente. Por eso, cuando entra mi compañera, mi jefe la mira de arriba abajo y dice, orgulloso: “¡Esto es una mujer!”. Yo ya no estoy considerada mujer, sino simplemente “una bruja feminista”.
Cuando comencé a quejarme de esta situación delante de mis compañeras, me decían: “Déjales, no les hagas caso, son así”. Así me di cuenta de que la situación se había afianzado a lo largo de los años en parte gracias a esta actitud. Se quedan calladas como muertas, nadie quiere meterse en problemas. Nadie hasta ahora les había dicho nada, nadie hasta ahora les había parado los pies. Mi compañera seguía diciendo: “A mí, si me hace gracia lo que dicen me río, y, si no, no les hago caso y ya está. Tengo cosas más importantes en qué pensar.” Seguro que esta actitud a más de una le suena.
Bien, yo también tengo cosas más importantes en qué pensar, pero eso no significa que no piense también en esta. Y pensando, pensando, me he dado cuenta de que las mujeres, y mis compañeras son un ejemplo perfecto, nos hemos acostumbrado a convivir en un ambiente de violencia permanente hacia nosotras. Es como si fuéramos negras y estuviéramos todo el día escuchando “put@s negr@s, put@s negr@s!”.
Supongo que los sindicatos también tienen “cosas más importantes en qué pensar”, pero si hubiese un sindicato feminista, creo que debería investigar y trabajar en este tema. Del mismo modo en que antes se fumaba en los centros de trabajo y ahora no, porque había gente a quien le molestaba, a mi me molesta, y mucho, que se nos agreda de esta forma constante e intensa. Me gustaría trabajar en un ambiente, además de “libre de humo”, “libre de machismo”.
Ellos pueden decir o que les dé la gana, nosotras no. Y si te quejas, te tratan de loca o paranoica.
Me da muchísima rabia ver a estos machistas campar a sus anchas, sentirse tan cómodos que sólo les falta quitarse los zapatos y poner los pies encima de la mesa. No son conscientes de que compartimos un espacio, de que tienen que respetar a las otras personas. Nos tratan como si estuvieran en su casa y nosotras fuéramos sus sirvientas, sus geishas particulares para, además de contestar al teléfono y hacer todos los trabajitos que ellos se niegan a hacer, alegrarles la vista y la vida.
Uno de estos mastuerzos (permitidme que le llame así, ya veis que la sangre me hierve ), se cree tan gracioso que ha inventado una broma de lo más divertida: entra en la oficina y dice que es su cumpleaños. Entonces las chicas, confiadas, se acercan a felicitarle y darle dos besos. Después de ser besuqueado, el interfecto confiesa que era una broma y que no es su cumpleaños, que sólo lo hacía para recibir besos. Si la bromita no tuvo gracia la primera vez, imagínense a la quinta. Una compañera, la más joven de todas, se enfadó la última vez que se lo hizo, y mostró su enfado. ¿Saben lo que le dijo “el graciosillo”? Qué tenía que ser “más feliz”. O sea, que se empeñan en amargarte la vida para luego llamarte amargada. ¡Es el colmo!
El “graciosillo” se fue de vacaciones un mes. Cuando regresó, todas le dieron dos besos. Todas, menos yo. Mi jefe me pidió delante de tod@s que le besara, y yo me negué argumentando que “ya le di suficientes besos en sus cumpleaños ficticios, no pienso darle ni uno más”. ¡Sólo faltaba, que una de nuestras obligaciones como trabajadoras fuera dar besos a los compañeros!
El movimiento feminista ha inventado nombres para problemas que antes eran invisibles (precisamente por no tener nombre). Por ejemplo, el cachete en el culo de un jefe a su secretaria antes se llamaba así, cachete en el culo, y se consideraba que era fruto de la picaronería del jefe, o de su gran potencia sexual, que inevitablemente le lleva a desear a todas las mujeres. Las feministas lo llamamos “acoso sexista”, y, para nosotras, no es un hecho aislado, sino que tienen que ver con que uno sea jefe y otra secretaria, con la división sexual del trabajo y con las estructuras que permiten que a cada un@ se le asigne un determinado papel.
Por eso, para mi, esta “machificación del espacio laboral”, este ambiente de permanente violencia psicológica no es más que la punta del iceberg de la situación de desigualdad estructural en que vivimos y trabajamos mujeres y hombres.
¿Alguien se dará cuenta? ¿Alguien hará algo?